ARTE Y EDUCACIÓN: ROMPIENDO JERARQUÍAS Y GENERANDO ESTRATEGIAS.

Brooklyn Museum

Recuerdo hace un año atrás haberme encontrado frente a un panel evaluador para conseguir una beca que me permitiría realizar mis estudios de postgrado en el área de las artes. Este panel de expertos realizó una pregunta que me ha quedado dando vueltas desde aquel entonces. El cuestionamiento planteó un escenario comparativo entre las artes y la educación e hizo referencia a la necesidad de establecer una prioridad entre estas dos áreas. Parafraseando al comité, la pregunta era más o menos así: Bajo el contexto de los problemas educacionales en Chile, ¿por qué tendríamos que entregar recursos privados o estatales para que las personas se perfeccionen en el ámbito de las artes en vez de entregarlos en otras áreas como la educación?

Este mismo cuestionamiento ha sido generado en Chile tras supuestos cambios en la entrega de becas que darían prioridad a materias reconocidas como más “urgentes” dentro de nuestro desarrollo social. Pero el debate no sólo se ha planteado en nuestro país, sino que también, en diferentes momentos históricos ha sido revisitado por expertos en desarrollo de política pública a lo largo del mundo. ¿Son las artes más o menos importantes que la educación? ¿Cuál es la relación entre ambas? ¿Cómo competimos contra esta jerarquía?

1) La artes no compiten con otros bienes.

En primer lugar, creo importante establecer que, independiente de la relación que pueda existir entre arte y educación, las necesidades sociales en ambas esferas no son excluyentes sino más bien similares y en algunos casos hasta complementarias. Me parece inadecuado, por decir lo menos, entrar a establecer jerarquías frente a estos dos elementos, ambos a su vez distintamente importantes. Las artes se ven constantemente enfrentadas a la realidad de tener que justificarse a sí mismas para ganarse un espacio en la sociedad y por ende también, aprobación en torno a su financiamiento. Muchas personas ven a las artes como un lujo en relación a otras áreas que son entendidas como elementos de primera necesidad  como por ejemplo la salud, la educación, la vivienda , el empleo, o la seguridad. Esta “competencia de lamentos” ha obligado a las artes encontrar asidero en dos áreas que parecieran ser paradojales: por un lado justificar su aporte instrumental a la sociedad (incluso entregando datos cuantitativos para demostrar este argumento) y a al mismo tiempo plantearse a sí mismas como un bien público, central para nuestro desarrollo humano y no como un recurso secundario frente a otras necesidades y bienes. Aunque ambas miradas parecieran ser contradictorias, la verdad es que no lo son en absoluto. Dado que las artes han fallado en convencer a la población del bien intrínseco que generan, éstas  se han visto en la necesidad de plantearse como herramientas para otro fin o “bienes instrumentales” (ejemplos de éstos sobresalen particularmente en el área de la educación en donde se establece que las artes ayudarían a desarrollar otro tipo de habilidades cognitivas). No debemos olvidar que, aún cuando efectivamente exista esta instrumentalización, las artes, por sí mismas, son fundamentales para nuestro desarrollo. Es así como las artes y la cultura satisfacen ambos argumentos de forma simultánea.

En cuanto a sus beneficios intrínsecos, la experiencia artística en cualquiera de sus formas implica no sólo un goce estético, sino también un crecimiento personal, placer y una forma de expresión en sí misma. Es por esto que debemos desacreditar el argumento falaz en torno a la competencia de lamentos. Es evidente que una persona requiere comida, abrigo y salud antes de preocuparse por asistir a un museo o leer un libro, sin embargo estas necesidades son ni comparativas ni excluyentes entre sí. De no ser así, las artes jamás tendrían financiamiento ni oportunidades de desarrollo hasta el día en que problemáticas como el hambre mundial estén totalmente cubiertas.

2) Las artes, al igual que la educación, son entendidas como un bien público.

La justificación, entonces, para el financiamiento de las artes y la cultura está relacionada a aceptarlas como uno más de nuestro bienes públicos. En Chile, asegurar un espacio para nuestro desarrollo cultural es parte de nuestra Constitución. Así lo explicitó el ex Presidente Lagos en su discurso inaugural del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes el año 2003.

El concepto de bien público implica que la recepción de éste por parte de una persona no disminuye su accesibilidad al resto de la población. Es, bajo estos criterios, que algunos se han mostrado escépticos de que esta categorización pueda ser dada a las artes, argumentando que el suministro de este tipo de bienes no puede ni debe ser reducido exclusivamente a las leyes del mercado como si ocurre con el acceso pagado a espectaculos culturales. Si una persona acomodada compra una entrada a la ópera, ¿de qué forma esto beneficia a una comunidad en su totalidad?

Existen dos posibles miradas. Aun cuando el arte es, en algunos casos, comercializado como un bien privado, el Estado lo reconoce como un bien público y es por esto que es fundamental que asegure que el acceso a los bienes culturales sea democratizado. Este mecanismo de accesibilidad se rige tanto desde el modelo del Estado como auspiciador o como otra entidad privada que financie las actividades (un ejemplo son las funciones gratuitas de Santiago a Mil que son financiadas en gran parte por Minera la Escondida). Otra mirada tiene relación con los beneficios que el desarrollo de la actividad artística le entrega a la comunidad en general, aun cuando éstos no sean participantes directos como público. Un ejemplo de estos beneficios es el prestigio del país o la creación de una consciencia identitaria. Volviendo a citar al ex Presidente Lagos podemos observar cómo esto se relaciona con nuestra propia institucionalidad: “en un mundo crecientemente globalizado sólo subsistirán con genuina identidad aquellas naciones que sean capaces de aumentar su espesor cultural. Las demás, las que no consigan esa mayor densidad cultural, se confundirán unas con otras y serán probablemente víctimas de la hegemonía cultural de las naciones más poderosas.” Un segundo beneficio común tiene relación con el fomento de las industrias culturales y la revitalización de la economía (ya hemos hablado anteriormente de cómo un barrio cultural atrae negocios asociados, turismo, etc.).  Por último, uno de los más importantes pareciera ser el aumento del capital cultural y la contribución que las artes representan en el plano educacional.

Y ya que estamos hablando de la educación, que también es considerada como un bien público, podemos observar que el sistema educativo posee, en algún punto, las mismas problemáticas que las artes. Existen diversos tipos de instituciones educacionales: la pública, la privada y la particular subvencionada. Al igual que los espectáculos, la educación es considerada una “comodidad mixta”, vale decir, aquellos que están dispuestos a pagar, reciben un servicio (medible según las leyes del mercado) que posee cierta calidad. Al mismo tiempo, otros reciben el servicio que es subvencionado por el Estado o por otra institución. La diferencia en este caso es que la educación, a diferencia de las artes, es entendida como una inversión y debe ser adquirida de todas formas. Las artes, sin embargo, no representan un beneficio pecuniario.

 

3) Las artes y la educación comparten problemas económicos y de productividad.

Los economistas Baumol y Bowen en su libro Performing Arts: The Economic Dilemma, realizaron, en la década de los sesenta, un interesante estudio relacionado con la productividad en las artes escénicas; analizaron cómo ésta va disminuyendo a lo largo de los años y cómo esta disminución es la causa principal de la paupérrima situación actual de organizaciones y artistas. En cierta medida es cierto: el desarrollo industrial y tecnológico ha ido permitiendo que los niveles de productividad en otras áreas vayan aumentando, generando así, el desarrollo sustentable de éstas. Sin embargo en las artes escénicas, esto no ha ocurrido en forma proporcional.

A pesar de la industrialización de ciertas áreas como la música que permiten la difusión a grandes niveles, los espectáculos en vivo siguen requiriendo el mismo costo laboral que hace 100 años atrás. Una orquesta sinfónica requiere de los mismos músicos que en el tiempo de Mozart. Romeo y Julieta de los mismos personajes que requirió Shakespeare en su tiempo. Pueden existir elementos que hayan permitido el avance tecnológico y creativo en estas disciplinas, sin embargo, el problema real es que en el caso de las artes, y a diferencia de actividades que requieren manufactura, el intérprete en sí mismo es el bien de consumo. Lo mismo ocurre con la educación. El profesor de hoy requiere los mismos 45 minutos que requería hace años atrás para enseñar a sus alumnos a sumar. Su productividad no ha aumentado con el tiempo e incluso la calidad del servicio ha disminuido: en la actualidad, ese profesor cuenta con 20 alumnos más de los que tenía en su sala hace cuatro o cinco décadas.

4) El gran punto en común: La educación artística

A simple vista, todo el mundo diría que la gran relación entre educación y arte se encuentra en la educación artística. Es más, el mundo de la cultura ha visto aquí un vínculo interesante que además, como ya lo dijimos anteriormente, le ha permitido aprovechar los beneficios instrumentales para justificar su importancia.

Consecuentemente, diversos establecimientos culturales están actualmente reconociendo la importancia de estas materias en sus programas y planes de gestión debido a diversos motivos: primero, la venta de funciones o programas educativos permite una diversificación de los ingresos; segundo, representa una fuente laboral estable para muchos artistas que  no se sustentan economicamente mediante su actividad principal; y por último, se ha comprobado que la inversión en educación artística a temprana edad acrecenta el capital cultural  siendo una inversión a largo plazo en la creación de futuras audiencias.

La pedagogía en esta área ha ido aumentando y al mismo tiempo profesionalizándose. Hoy existen programas de formación especiales para convertirse en educadores del arte. Esto, por supuesto, beneficia a los trabajadores del mundo de la cultura pero al mismo tiempo los estudiantes se ven recompensados ya que gozan de los beneficios de la educación artística. A los que nombramos anteriormente como beneficios intrínsecos, hay que sumarle los instrumentales, tales como la entrega de nuevas herramientas de aprendizaje para el área cognitiva el desarrollo motivacional y actitudinal, y reducir los niveles de stress, sólo por nombrar algunos.

En general la educación artística tiende a ser el vínculo natural entre arte y educación. Reconozco que hace un año atrás esta fue la respuesta que le entregué al panel de expertos. Ellos parecieron satisfechos con mi argumento, sin embargo un año después he podido darme cuenta que el vínculo entre estas dos áreas es mucho más estrecho.

Lo que nos debe importar entonces, como gestores, es comprender estos niveles relacionales.  Debemos empezar a crear estrategias que incluyan medidas educativas en nuestras organizaciones, servirnos de las herramientas que la educación nos entrega en el ámbito de formación y creación de audiencias y sin duda alguna establecer trabajo en red con establecimientos educacionales. Sin embargo, nunca debemos olvidar que nuestra actividad artística no se justifica sólo por este tipo de programas e iniciativas sino que también es un bien que tenemos la misión de compartir con la comunidad en la cual estamos insertos.  Debemos generar instancias de acceso que permitan diversificar nuestros públicos y entregar diferentes alternativas al alcance de todos. Debemos, por sobre todo, recordar que nuestro rol es importante para la sociedad, promoverlo, defenderlo y profesionalizar los mecanismos y las formas bajo la cual se establece y se institucionaliza.

A un año de la pregunta entonces, espero haber podido entregar una mejor respuesta.
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Su Cristinich dice:

    Pero por supuesto que das una mejor respuesta y, más que eso, dejas abierta una pregunta para todos aquellos que queremos que el arte (en mi caso el teatro) sea considerado un motor intrínseco en la educación de este país. Cuesta tanto incorporar el teatro en el sistema educacional convencional y no existen muchas posibilidades para poder difundir estos conocimientos a los niños sin quedar afuera por el hecho de no tener el título de pedagog@, que a veces da pena ver el pensamiento mediocre de algunos pocos que ponen las artes como un mero instrumento de entretención más allá de una herramienta que abre horizontes y ayuda a complementar disciplinas que pueden hacer de los individuos mejores personas y seres con puntos de vistas más concretos y seguros de sí mismos.

    Te felicito por lo que estás haciendo y, en especial, por dejar implícitos más cuestionamientos sobre la materia. Es un tema muy interesante

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