ESTRUCTURAS PROGRAMÁTICAS: VIVA LA (IN) FLEXIBILIDAD.

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Hace unos días atras se me etiqueta en el siguiente posteo de redes sociales:

Las personas somos felices con muy poco. Una mesa dos bancas e internet libre, en esta mesa hablamos 4 personas de 4 países distintos, nos presentamos y hablamos 2 horas sobre proyectos increíbles. Gracias @centrogam por el espacio 😀🙌🏼💥🚀 — en Centro Cultural Gabriela Mistral.”

Esta es una dimensión que en ocasiones tiende a ser olvidada desde el rol y la misión de los espacios o centro culturales. Servir a veces como simplemente esto: un espacio. Pero adicional a la condición física, nos proponemos evidentemente una misión más amplia: llegar esa infraestructura de un sentido identitario y simbólico; generando componentes de integración, siendo un lugar abierto a la comunidad, deseando estar en estrecha colaboración con el tejido social y el territorio donde nos insertamos, fomentando la participación desde dimensiones múltiples y, en ocasiones, incluso escindida de los contenidos exclusivamente artísticos. 

El rol de la programación artística sufre a veces de preguntas dicotómicas, y una de ellas resulta ser la dimensión de la temporalidad. Por un lado el constructo ideal de la gestión y planificación nos lleva a pensar en estructuras programáticas de largo aliento, en ocasiones más de un año plazo, donde los espacios y los contenidos se abordan en función de los tiempos de las herramientas de financiamiento público o privado, las copadas agendas internacionales, las estructuras y estrategias anticipadas de comunicaciones y prensa, la mirada de un marketing mix que requiere contenidos para programas específicos como abonos, precios de preventa, etc. Parecieran estos, ser elementos que dialogan con una buena articulación programática y que además, facilitan la labor de los trabajadores culturales en su planificación, estructuración de turnos, generación de redes, entre otras realidades de funcionamiento organizacional.

Sin embargo, este maravilloso mundo del futuro y la planificación del campo de la gestión, resulta en ocasiones una pesadilla programática, pues parte del rol del programador implica la capacidad de escucha y  respuesta frente a un diálogo permanente con el quehacer social. Las artes, sobre todo en un centro cultural, deben responder a la base de necesidades concretas de su territorio y a poder convertirse  en un espacio vivo en cuanto tenga la capacidad de acoger en su dimensión de inmediatez la realidad simbólica en la que co-habitan.

¿Y entonces? ¿Cómo sortear la dimensión del tiempo y la contingencia? ¿Cómo planificar y establecer un diálogo permanente con los cambios sociales? ¿Cómo ser “vigentes” y sobre todo contingentes como organización?

A modo de estudio de caso, creo que una respuesta interesante es la que ha tenido el equipo programático del Barbican Centre en Londres. Donde incorporan desde 2017 un programa denominado “Real Quick” (realmente rápido) que plantea nuevos esquemas a los sistemas de programación.

Al alero de su línea programática, que ha circundado la curaduría del año y que se ha definido como una que aborda las problemáticas sociales, la contingencia y la ciudadanía, el Barbican se enfrentó como espacio cultural a esta problemática de la temporalidad. ¿Cómo dar respuesta inmediata a la contingencia con una estructura programática tan anticipada? Más allá de un tema exclusivo de programación, se establece una mirada de responsabilidad cívica. Así, su programa “Real Quick”, se convierte en una convocatoria permanente, que facilita sus espacios abiertos con el fin de general conversaciones informales, experimentos y charlas para responder a temáticas político sociales.

Los interesados (organizaciones) postulan y reciben respuesta del equipo de programación quienes visan las actividades y ven su coherencia con la misión y los objetivos del programa. Una de las nomenclaturas comunicacionales en esta estructura, implica que cada evento solo contará con siete días de difusión mediante los canales abiertos y de redes sociales. De este modo el habito genera también una frecuencia de aquellos interesados en poder revisar permanentemente la oferta programática.

En fin, un experimento al que vale la pena seguirle la pista, y una respuesta concreta a la flexibilidad de los espacios culturales en permanente diálogo con las comunidades.

 

 

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