LOS ACTORES EN SU MEJOR PAPEL

Hace unos días atrás estaba pensando en escribir acerca de la actual crisis en el financiamiento público para las artes, particularmente en  países como Estados Unidos e Inglaterra. Reconozco que no lo hice de inmediato y que, de alguna manera, sentí que los recortes en materia cultural son tan recurrentes que incluso he llegado a perder la capacidad de asombro frente a estos temas. Estaba precisamente debatiendo conmigo misma, cuando ocurrió lo realmente inesperado. Justo ahí, en mi televisor, a todo color, me topé con la republicana Sarah Palin en un talk show emitido por Fox dando las siguientes declaraciones: “las artes son ese tipo de cosas frívolas que el gobierno no debería estar financiando con nuestros impuestos”. Palin opinaba sobre la disminución de $22 millones de dólares que probablemente afecte al National Endowment for the Arts, agencia federal independiente encargada del financiamiento a organizaciones artísticas en Estados Unidos.

Pero por muy grande que sea la presión ejercida por los republicanos en el congreso norteamericano, lo interesante en este conflicto es que la respuesta del mundo cultural y cívico es aún mayor. El concepto de “advocacía”, (si es que se puede usar este término como traducción literal a la palabra “advocacy”) posicionado en el mundo latino como “defensa y promoción de las artes”, toma acá una forma concreta que se traduce en estrategias medibles. La defensa y promoción de las artes se lleva a cabo con campañas de largo aliento que no responden sólo a materias urgentes y puntuales, si no que se desarrollan con una cautelosa planificación y por supuesto un abultado presupuesto.

Coincidentemente, durante esta semana en Chile, los actores también llevaron su propia bandera de lucha. Aunque muy diferente a lo que podríamos llamar una campaña de defensa y promoción de las artes, ya que el paro de actores en Chile responde a problemáticas gremiales específicas y no a una campaña sobre las artes en sí mismas, este hecho es una experiencia pionera (desde el retorno a la democracia) en cuanto a unión de artistas por una causa (que además es en pro de ellos mismos). Es cierto que si bien los actores han colaborado históricamente con causas políticas y sociales, les ha tomado bastante tiempo darse cuenta que “la caridad empieza por casa” y que, el mismo poder mediático que tienen para aumentar las ventas de multitiendas, sirve también para velar por los derechos laborales, llevar más público a las salas de teatro y reactivar la valoración que nuestra sociedad tiene por las artes.

Sin embargo no debemos atacar el despertar tardío de nuestros rostros televisivos con críticas gratuitas que lo único que hacen es dividir a un mismo sector. Por el contrario debemos valorar esta primera experiencia e intentar sistematizarla con el fin de hacerla trascender. El paro de los actores frente a los canales de televisión debe ser sólo un inicio para dar respuesta a dos grandes cuestionamientos: uno sobre legislación e industrias culturales y otro sobre formación de comunidades artísticas y estrategias replicables de defensa y promoción de las artes.

En relación al primero, debemos recordar que el mundo del teatro ha estado por mucho tiempo exento de problemáticas relacionadas con la industria cultural. Siempre hemos escuchado que el teatro no es una industria en Chile y, por lo tanto, con algo de alivio hemos mantenido el oficio en condiciones más bien artesanales, en donde por años no nos preocupamos mucho de temas legislativos tales como derechos de autor, royalties o contratos laborales. Hasta hace poco los actores tenían este instinto de querer actuar, repartirse la plata al final de la función e irse,  si bien algo insatisfechos por la remuneración, tranquilos de no tener que hacer más trámite que el de la contabilidad básica.

Hoy vemos cómo los actores se ven enfrentados a la inserción en la industria, a la reproducción en masa de su imagen y a la posible repetición impaga de su trabajo. ¿Qué ocurre entonces? Nos damos cuenta que el medio artístico debe batallar por primera vez por sus derechos y que, peor aún, los avances legales en torno al trabajo actoral no han corrido en forma paralela a la industrialización del mundo del entretenimiento. Es por esto que vemos como en países como Estados Unidos la sindicalización artística es efectiva y ya de larga data, precisamente porque fenómenos como Broadway hicieron que los actores se enfrentaran a estos dilemas exactamente hace 100 años atrás (con la creación de sindicatos como Actors Equity). Frente a nuestra realidad ¿cómo nos preparamos entonces los artistas en Chile para el inevitable proceso de inserción de las industrias creativas? ¿Cuáles son los mecanismos legales que se requieren para resguardar nuestro trabajo? ¿Cuáles las instancias de información y organización que desarrollaremos y cómo se insertan éstas en la construcción de políticas culturales?

En relación a la defensa y la promoción de las artes, es imprescindible que esta primera experiencia sirva para sistematizar estrategias a largo plazo. Es importante que los actores “rostros” cooperen con causas que promuevan la valorización de las artes frente a un público general y que comprendamos que éstas son herramientas claras y factibles para involucrar a la ciudadanía y aumentar la percepción que se tiene sobre las artes. La participación ciudadana en el teatro no debe ser entendida simplemente en términos de acceso, ni medida exclusivamente con índices de frecuencia en torno a asistencia a espectáculos, sino que también debe reflejarse en actividades de apoyo a causas comunes en pro de las artes y la cultura.

Esperemos entonces que en Chile no nos topemos nunca con una Sarah Palin ni con nadie que se atreva a sostener que las artes están en el plano de las frivolidades. Esperemos que el fervor del movimiento gremial de los actores televisivos se contagie también al resto de las causas que elevan la actividad cultural y teatral al plano de las necesidades sociales. Esperemos, finalmente, que la unión haga la fuerza.

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