LA CULTURA DEL BONO ¿O EL BONO CULTURAL?

Ya acostumbrados a que el sector cultural no presente prioridad en materias de política pública, no sorprende que durante el último discurso presidencial del 21 de mayo, y casi a modo de parábola bíblica, las únicas palabras destinadas a la cultura y las artes se resumieran en el concepto de  “no sólo de pan vive el hombre”. Sin embargo, a través de la prensa, el Ministro Cruz – Coke fue capaz de anunciar ciertas novedades en su cartera que dan muestra de los intereses y estrategias que la nueva forma de gobernar intenta poner a prueba en materias artísticas.

Es destacada la preocupación por llevar más público a las salas, por revitalizar a la comunidad y modelar al sector bajo las premisas de participación, impacto y desarrollo cultural. Aún así, no puedo negar que sorprende el cambio radical que está ocurriendo a nivel de políticas culturales haciendo; esta vez, un mayor hincapié en conceptos como “consumo” y “demanda” donde antes se hablaba de “participación” y “acceso”. Y es que, claro, todos estos son conceptos muy diferentes pero que, sin embargo, van dando leves señales de un nuevo paradigma interesante de analizar.

Es natural llegar a pensar en un cambio de enfoque radical del nuevo gobierno frente a la forma de “pensar” la cultura. Al momento de la creación de nuestra institucionalidad, propuesta hace diez años atrás por el Presidente Lagos, el acento se puso principalmente en el ámbito del fomento a la creación mediante programas de subsidio artístico que funcionaban sobre la base de premisas como excelencia, diversidad, acceso y participación. La formación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) fue, en ese entonces, la consecuencia lógica de lo que se venia gestando desde principios de los 90. La historia reciente de aquel Chile estaba aún marcada por un “apagón cultural” donde el arte y su poder creativo se excluyó de las políticas oficiales y, por lo tanto, había una necesidad latente de abrir oportunidades de creación que fomentaran el sustento (al menos a corto plazo) tanto de la comunidad artística consagrada como de la que emergía. Independiente de los problemas que este modelo pudiera presentar, es evidente que la prioridad estaba puesta desde el lado de la “oferta”, asumiendo que, al diversificase ésta, naturalmente habría un aumento proporcional del lado de la demanda. El subsidio al público y las audiencias era más bien indirecto, donde las políticas del nuevo CNCA apostaban al apoyo a la creación y a la gratuidad (subvencionada por un estado tremendamente centralizado) como un equivalente al “impacto” cultural, ergo una estrategia de acceso, fomento y participación de audiencias.

Hoy, al parecer hay cosas que están cambiando y otras que siguen igual. Entre las que se mantienen tenemos esta preocupación por la descentralización de la cultura hacia nuevas esferas y la imperante necesidad de generar una llegada masiva a la ciudadanía. El impacto se sigue pensando como el número de beneficiaros y, por supuesto, que la calidad artística también es un bien deseable. Lo que ha variado es la forma y estrategias desde donde se abordan estas problemáticas. Por un lado existe una urgente necesidad por “medir” este impacto y ver qué tan efectiva ha resultado la política cultural de los últimos diez años y por el otro se ha abierto una ventana en el área del subsidio directo, pero esta vez hacia la demanda, vale decir el público o consumidor.

¿Cómo se implementaría esto? Aunque aún parece ser un proyecto en discusión, tal como lo anuncia el Ministro de Cultura, se implementaría un “Bono Cultural” que “partirá como una experiencia piloto que proveerá de un subsidio a la demanda de bienes de consumo cultural, enfocada a grupos de escasos recursos”. No existen aún delineamientos ni anuncios relacionados con esta nueva medida, sin embargo, es interesante poder desglosar los componentes de este modelo de subsidio directo que ya ha sido aplicado en diferentes partes del mundo.

¿Qué es un “bono cultural”? Es una forma de subsidiar al público directamente con la idea de democratizar el acceso a la cultura. Comienza sobre la base de dos premisas que incluyen primero, la percepción de las artes como un bien público y el problema de una desigualdad de oportunidades en términos de asistencia; segundo, la idea que el libre consumo podría servir como estrategia de formación de audiencias. Independiente de la discusión que se pueda ejercer sobre estos temas, esos subsidios a través de una “chequera” para asistir a eventos, o adquirir cultura, es una estrategia ya aplicada en países como Brasil, España (Andalucía y País Vasco) y Bélgica. Este “bono” puede adquirir diversas formas de subsidio, ya sea éste total o parcial. Puede entregarse de forma gratuita para ser utilizado hasta cierto monto o puede ser comprado por la población, a través de una diferenciación según ingresos, a un valor inferior al que trae en beneficios.

¿Quiénes son los beneficiarios y cómo se distribuye? Estos pueden ser de diversa índole. En general el “target” que se establece depende de los objetivos que se quieran lograr. Se señala que en Chile la idea sería beneficiar a los sectores más vulnerables, sin embargo no se ha especificado aún ni quienes forman parte de este grupo ni cómo sería la distribución. En Brasil, por ejemplo, este bono es repartido en forma diferenciada por empresarios, digo diferenciada porque privilegia a aquellos trabajadores que ganen un sueldo de hasta $1.235 dólares al mes. Si el trabajador percibe mayores honorarios, debe comprar parte de este bono en porcentajes que van desde el 20% hasta el 90% del valor total. Los empresarios participan de esta iniciativa no por mera filantropía, sino que existen incentivos que se aplican en un descuento del 1% anual en su declaración renta. En Andalucía, el sistema privilegia a los jóvenes. Todos los mayores de 18 años tienen derecho a recibir el bono de forma gratuita. Esta es una chequera que incluye 60 euros ($74 dólares) para ser invertidos en diferentes establecimientos culturales. En el país Vasco, sin embargo, el bono puede ser adquirido por toda la población. Esto, debido a que sólo tuvo una duración estival, ya que fue usado como una medida para fomentar las compras navideñas en productos culturales, dinamizando así el mercado de la producción artística y cultural. Este modelo permitía que a través de la compra de un bono de 25 euros ($30 dólares) se pudieran adquirir productos de hasta 40 euros ($50 dólares). La diferencia fue subsidiada por el gobierno Vasco.

¿Qué productos se pueden adquirir y dónde? Todos estos sistemas implican una red de instituciones asociadas. En el país Vasco eran más de 250 los establecimientos asociados, mientras que en Andalucía eran sólo 175. Por supuesto que no todos los productos pueden ser adquiridos. Hay algunos que son priorizados por considerarse de mayor aporte en términos culturales y otros que son prohibidos como los videojuegos.

Habiendo presentado una comparación sobre “bonos” ya establecidos en diferentes partes del mundo, podemos encontrar varias problemáticas asociadas a este modelo de subvención directa. Algunas de ellas son simplemente decisiones en relación al enfoque y los objetivos perseguidos, pero otras son discusiones más complejas que promueven un paradigma sustentado por la demanda ya asentado en las leyes del mercado.

Lo primero en torno a esta idea del “bono cultural” es preguntarse si efectivamente existe un déficit en materia del impacto de las políticas culturales actuales. Que no se haya hecho hincapié en las formas de medición de este impacto no quiere decir que no exista. Luego, hay que cuestionar si efectivamente los costos implicados en los bienes y servicios culturales son el impedimento principal para su consumo y participación en los diferentes sectores socioeconómicos de nuestro país. Sin ir más lejos, en la última Encuesta Nacional  de Consumo y Participación Cultural 2009 se señala que “para ciertos tipos de espectáculos, como la danza y las artes visuales, la mayoría accedió de manera gratuita, con un 81% y un 76,6% respectivamente. En cuanto a los conciertos, casi la mitad de las personas asistió gratuitamente, con un 49,8%, cifra cercana a quienes asistieron al teatro, con 46,8%.”. Incluso, en relación a los beneficiarios la encuesta revela que “en cuanto a la conformación de audiencia por nivel socioeconómico, se observa una tendencia a la diversidad en la composición del público (…), lo que rompería el mito de que solo la población de los niveles económicamente más altos sería quien tiene acceso al arte y la cultura. Se destaca que para todos los espectáculos públicos, las clases medias (C2 y C3) conforman sobre el 50% de la audiencia, mientras que en ninguno de estos eventos la participación de las clases más bajas (D y E) es inferior al 10%.”

Luego existe el conflicto en torno a la libertad de consumo y los establecimientos adheridos a un posible “bono”. Hay un problema con una evidente selección de establecimientos: determinadas librerías, museos, salas de cine, teatros, salas de concierto, etc. Esta red establecida reduce la libertad de consumo ya que la direcciona a establecimientos previamente escogidos por aquel que está subsidiando la cultura. Los criterios para esta elección pueden ser tan diversos como limitadas las posibilidades. Una de las críticas del país Vasco tenía relación con la solicitud de que sólo se pudieran adquirir productos nacionales. ¿Por qué el gobierno debía subsidiar con los impuestos de toda la población la compra, por ejemplo, de un CD de un artista extranjero, donde sólo parte de esas ganancias benefician a la economía local, en contraposición a un producto nacional, donde además de la compra del producto existen derechos de autor y otros factores que están promoviendo identidad y desarrollo local?

Además de este conflicto, tenemos problemas de implementación del sistema. Cualquiera que sea la forma del “bono”, éste requerirá un sistema apropiado de distribución que es posible en lugares establecidos e institucionalizados pero que podría no funcionar ni en ciertas formas artísticas como la artesanía ni en salas de vanguardia como galpones o casas acondicionadas que ni siquiera cuentan con una boletería. Por último, los establecimientos y la “libertad” de elección queda sujeta a la oferta territorial. En Santiago por ejemplo será posible elegir entre casi 30 salas de teatro, pero en regiones, esta diversidad puede quedar reducida incluso a un único espacio. Como vemos, el problema de la “red de establecimientos adheridos” puede implicar tanto un fomento a los lugares más institucionalizados como a ciertas formas artísticas que poseen mayor organización en su gestión.

Dentro de estos mismos problemas de libertad de elección a la hora del consumo, está el cuestionamiento del mercado y su demanda como ente regulador de la cultura. Fomentar las artes desde el lado de la demanda, implica pensar que el gobierno no “regula” la creación pero la verdad es que, el mercado también tiene sus propias formas de regulación. En un sistema de libre mercado, el público decide qué ver y consumir en relación a la información que recibe. El marketing juega un rol fundamental al momento de la decisión. El evento más y mejor publicitado, es potencialmente  el más consumido, pero esto no asegura que necesariamente sea el de mayor calidad. Por otro lado, los productos culturales que requieran un mayor impulso en el área de participación no son necesariamente los que se verán más beneficiados. Si un bono ofrece la posibilidad de asistir al cine o a un espectáculo de danza, la proporción de las personas que elijan el cine como una forma más popular y atractiva probablemente se mantendrá igual.

Finalmente, establezcamos que la forma de acceso que este “bono” adquiera también es importante. Si el estado pretende subvencionar el valor total de éste, esta es una medida que promueve un impulso a la gratuidad en las artes que muchas veces también suele ser mal entendido. Mucho se ha hablado de que la gratuidad no es necesariamente beneficiosa para la percepción que generan las artes frente a la población. La valorización de éstas también pasa por el esfuerzo económico (por poco que éste sea) que se pueda hacer para acceder a ellas.

En definitiva, no niego pueda ser una medida implementable, sí puede ser considerada un tanto populista y que requiera de diversos análisis previos a su implementación. A mi parecer, la demanda debe verse potenciada a través de mecanismos de participación temprana, en donde los niños y jóvenes puedan acceder a una experiencia valiosa e irrepetible. En este sentido la subvención en materias de educación, como por ejemplo financiar la asistencia de escuelas de escasos recursos al teatro o a museos, me parece una medida que a largo plazo puede tener consecuencias más positivas. Por el momento, esperaré mi “bono cultural” y estaré atenta a cualquier otro que pueda surgir en el camino.

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Un pensamiento en “LA CULTURA DEL BONO ¿O EL BONO CULTURAL?

  1. Hola Pame!…está muy interesante tu blog. Me permito hacerte un comentario porque yo trabajé junto con las personas que desarrollaron esta propuesta (que fue ofrecida a todos los candidatos presidenciales hace un año). Mi trabajo en cuestión era recoger antecedentes que pudiesen justificar de mejor manera la propuesta. De paso encontré que no era tan mala idea. En primer lugar el bono (nunca le pusimos ese nombre, pero entiendo que luego del discurso del 21 de mayo se le agrupe dentro del pack) está pensado dentro de un proyecto más grande que implica un mayor énfasis en el público e incluye otras instancias de formación pedagógica de audiencias, además de canales de difusión más cercanos a la gente. Espero que se implementen estas también porque sino el asunto pierde su coherencia.
    Por otro lado, me tocó revisar exhaustivamente la encuesta de consumo cultural, que lamentablemente es la única manera que tenemos de aproximarnos a “impacto” de las políticas culturales. A partir de su base de datos, como buena socióloga, hice un índice y los resultados fueron muy tristes. En un índice que incluía ocho actividades que según la encuesta constituían consumo cultural (entre las que se contaban ver televisión, leer el diario o una revista y escuchar música), en promedio el chileno normal hace 1,7 actividades en un mes. Es decir, con ver la teleserie y comprar LUN ya superaste el promedio nacional en un mes. No quiero ser despectiva con LUN ni con las teleseries pero igual me parece un poco triste. Ahora, si se desglosa por quintiles de ingreso, los dos quintiles más pobres realizan 1,1 actividad mensual que, sin arriesgar mucho, diría que es ver televisión. Si mal no recuerdo el quintil más rico realiza 3,5. Entonces no sé si la encuesta de consumo cultural demuestra efectivamente que es un “mito” de el consumo cultural está asociado a nivel socioeconómico. Así tengo datos por montones.
    Finalmente, desde mi punto de vista el bono se diferencia de la gratuidad en varios puntos. Primero, porque te hace sentir que ahora tienes cierta cantidad de “plata” que si no la usas se va a perder. Segundo porque de todas maneras sabes que la actividad a la que asistes tiene un precio que tu no estás pagando pero los otros que no usaron su bono en eso si están pagando por lo que me parece que no contribuye tanto a la idea de que la cultura es gratis (por lo menos no tanto como los espectáculos masivos gratuitos en que nadie paga). Cuando uno se gasta su bono en algo está efectivamente entregando algo para poder entrar.
    Ya no te doy más la lata. Me gustaría que estuvieras acá para tomarnos un cafecito y arreglar la institucionalidad cultural del país, pero será a la vuelta…
    Saludos

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